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El perrito de la estación

Anoche leí una publicación en Facebook que, como muchas, daba cuenta de una emergencia animal. De acuerdo a la información proporcionada por una pasajera del Metrotrén, había un perro amputado deambulando en la Estación de Rancagua. Como vivimos cerca del recinto, Sergio y yo acudimos en su búsqueda para trasladarlo a la veterinaria donde trabajo. Una agrupación tomaría el caso, solo que ese día sus voluntarios se hallaban fuera de la ciudad y necesitaban de otras manos para completar la tarea. Dos jóvenes que leyeron el posteo llegaron unos minutos después.

Lo frustrante de toda la situación fue que no dimos con el perro. Según los guardias, ellos lo llevaron a la plaza de enfrente, aunque el accidente había ocurrido semanas antes de esta alarma. Recorrimos los alrededores y el interior del lugar, donde aparcan máquinas en desuso ocupadas como dormitorio por personas sin hogar, quienes operan bajo sus reglas y no se muestran amistosas con cualquier desconocido.

¿Era evitable este infructuoso operativo de rastreo?

Por cierto que sí. Si la intención es ayudar aquí no valen las medias tintas. La causa animalista cuenta con tan pocos recursos humanos (y también monetarios, pero es otro tema), que si una persona se siente tocada por una tragedia, no basta con que exprese sus emociones a viva voz. La falta de dinero puede superarse con buena voluntad. Si este perro hubiese sido cobijado en la noche en una casa y/o llevado a una clínica que atiende casos de animales abandonados a precios asequibles o incluso gratis, el animal al menos pudo tener una muerte indolora en el peor de los escenarios. Porque dicho sea de paso, perros y gatos sobreviven las amputaciones de una manera francamente admirable.

Pitbullina

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La niña más linda

Adiós Elvira (2005 – 2012)

Elvirita (2005 - 2012)

No quiero escribir más obituarios. Ya van dos en el transcurso de unos pocos meses. Dos que llamo históricos por el número de años que integraron la familia y también porque inauguraron este hogar junto a nosotros. No quiero escribir más obituarios. Menos uno insulso y predecible justo para un ser cuya vida fue todo, excepto ordinaria. Elvira, nuestra gata ébano, sobreviviente de duras batallas y poseedora de una personalidad excepcional, deja de existir llenándonos de congoja, preguntas y sentimientos de culpa.

Viajas a una tierra que nadie conoce. ¡Qué ganas de saber si podrás disfrutar de los pequeños placeres que tanto alegraron tus días! De partida necesitarás de un árbol frondoso que te sirva de puesto de vigilancia y guarida para el tiempo de reposo. Ojalá para tu uso exclusivo. De lo contrario tus eventuales compañeros arriesgan recibir una de tus contundentes palmadas en el rostro. Aquí en la casa ninguno se libró de aquella disciplina de hierro.

En tu menú no puede faltar el yogur y de vez en cuando seguro querrás beber del agua de garbanzos en remojo y, cómo no, directo del retrete. Otros lugares y objetos sugeridos: un desván provisto de muchas cajas y rincones para supervisar, veladores cubiertos de chucherías que provoquen escándalo suficiente par funcionar como reloj despertador por las mañanas, roperos donde montar una habitación al lado de la ropa de cama, prendas para achicharrar sobre una estufa y otras recién salidas de la lavadora, perfectas para sellar con tu marca de territorio.

Elvirita, no imaginas cuánto vacío dejas. Desde que hiciste el trayecto a la casa dentro de una mochila hasta la hora ingrata en que aún abatida por la enfermedad levantaste el rostro para dedicarnos una mirada, vivimos un sinfín de momentos imborrables. Nos sorprendió la porfía que te mantuvo en la tierra cuando las probabilidades decían otra cosa. La supervivencia era lo menos lógico luego del ataque mortal de un perro o después que un automóvil casi te arrollara. Negrita linda, gracias por estos casi siete años de compañía incondicional. Perdónanos si tomamos decisiones equivocadas. Y, por favor, si es que existe otra vida después de ésta, resérvanos un par de puestos a tu lado.

Refugio El Campito

Los perros conocen mucho sobre discriminación. Ya por su especie están predestinados a muchos sinsabores, si no poseen pedigrí sus posibilidades de hallar un buen hogar se reducen de modo dramático e imagínese lo que significa sumar otro elemento de exclusión como ceguera, vejez o parálisis. En el argentino Refugio El Campito creen que todos los canes merecen una oportunidad de vivir y la eutanasia no aplica si no estrictamente necesaria. Más información en la nota televisiva de abajo y en su Facebook.

La cama de Goyo

Le creció el pelo, ganó algo de peso y sus ojitos se ven iluminados. ¿Quién es el personaje? Ayer visitamos a Goyo, ex Polo, y es maravilloso observar cómo también en los perros se advierte la feliz transición entre una existencia de abandono y el afecto de un hogar. Ya queda muy poco de su mirada extraviada y aquella sensación de que la vida solo consiste en caminar sin rumbo para yacer donde te pille la noche, cuando el cansancio te afloja las patas. Muchas veces sin nada en el estómago.

Eso no es tema para el renovado Goyo. Alguna vez leí que los perros son admirables, entre otras cosas, porque olvidan el pasado sin guardar rencor y disfrutan del día a día intensamente. No importa si la noche anterior dormiste en una covacha, si hoy tienes un jardín inmenso donde te cobijas del frío y la soledad.  Es el caso de Goyo. Se le ve integrado al grupo de canes que ya habitaban en la casa: 12 en total, la mayoría quiltros y casi todos recogidos de la calle. Una tarea hermosa que compromete a Sergio, Valeska y Valentina, la hija de ambos. Fue reconfortante conocerlos y saber que han cambiado la vida de tantos perros.

Mi mamá, mi esposo Sergio y yo íbamos con la misión de regalarle un colchón de espuma para sus horas de reposo. Eso porque cuando mi mamá lo llevó a la veterinaria, Goyo se tendió sobre una cama de exhibición, e hizo lo mismo al momento de retirarse. Ayer repitió la reacción, claro que lo secundaron otros cuatro perros que la olfateaban, la mordían o se acostaban en ella. Tanto que el pobre viejo terminó por ceder a las presiones, aunque pasada la curiosidad inicial, Goyo por fin pudo acomodarse en su propio lecho. Verlo así de sereno de verdad que no tiene precio.