Anoche leí una publicación en Facebook que, como muchas, daba cuenta de una emergencia animal. De acuerdo a la información proporcionada por una pasajera del Metrotrén, había un perro amputado deambulando en la Estación de Rancagua. Como vivimos cerca del recinto, Sergio y yo acudimos en su búsqueda para trasladarlo a la veterinaria donde trabajo. Una agrupación tomaría el caso, solo que ese día sus voluntarios se hallaban fuera de la ciudad y necesitaban de otras manos para completar la tarea. Dos jóvenes que leyeron el posteo llegaron unos minutos después.
Lo frustrante de toda la situación fue que no dimos con el perro. Según los guardias, ellos lo llevaron a la plaza de enfrente, aunque el accidente había ocurrido semanas antes de esta alarma. Recorrimos los alrededores y el interior del lugar, donde aparcan máquinas en desuso ocupadas como dormitorio por personas sin hogar, quienes operan bajo sus reglas y no se muestran amistosas con cualquier desconocido.
¿Era evitable este infructuoso operativo de rastreo?
Por cierto que sí. Si la intención es ayudar aquí no valen las medias tintas. La causa animalista cuenta con tan pocos recursos humanos (y también monetarios, pero es otro tema), que si una persona se siente tocada por una tragedia, no basta con que exprese sus emociones a viva voz. La falta de dinero puede superarse con buena voluntad. Si este perro hubiese sido cobijado en la noche en una casa y/o llevado a una clínica que atiende casos de animales abandonados a precios asequibles o incluso gratis, el animal al menos pudo tener una muerte indolora en el peor de los escenarios. Porque dicho sea de paso, perros y gatos sobreviven las amputaciones de una manera francamente admirable.







